viernes, 15 de noviembre de 2019

JUAN LUIS BEDINS, EN POETAS EN EL ATENEO EL 28-11-19


MIGRACIÓN DEL ALMA

Gira la piel cerrada del recuerdo
por el laberinto de belleza y de pasiones,
de la vida.
Se extravía la memoria.

Qué extrañas son las sombras de tus ecos
lejana palmera de mis ausencias,
una lluvia azul se abre
ante mis ojos, fatigados y extraños,
y provoca una lágrima de luz
que rompe las tinieblas.

Sobre la arena gira el alma
en migración de ideas
en esta playa de mi tarde
que busca su horizonte en el futuro,
playa fronteriza del tiempo
donde pasado y porvenir
convergen en su historia.
Pasado acariciado por la suave
espuma de los dioses,
pasado arañado por las crispadas
olas del arrogante olvido.
Porvenir esperanzado
en los hondos abismos de mis sueños.

Seres queridos,
os convoco en esta hora milagrosa,
en esta hora en punto de mi vida
en que la delicada música del recuerdo
invade todas mis estancias,
os convoco como testigos
de esta mutación necesaria y singular.

Migración de palabras,
migración de silencios.
De este cuerpo, del tiempo y de la historia.
Eterna migración del alma.

jueves, 14 de noviembre de 2019

PEDRO J. DE LA PEÑA, PRESENTA LA NOVELA "LUCAS LUNA", DE VICENTE BARBERÁ ALBALAT, EN EL ATENEO MERCANTIL DE VALENCIA, EL 05-11-19



Lucas Luna

Todos los que conocemos a Vicente Barberá Albalat y hemos leído alguno de sus libros de poesía, hemos conseguido contrastar, a través de su poesía, la autoridad de Vicente como poeta de una gran capacidad estética y de una importantísima sensibilidad.
Vicente Barberá Albalat ha escrito poemas excelentes y sonetos maravillosos que nos han demostrado no solo una gran técnica literaria, sino una sensibilidad abrumadora, como puede constatarse en los sonetos dedicados a la muerte de su madre o en piezas literarias concebidas con una lírica musical difícil de conseguir.
Ya por eso Vicente Barberá Albalat merece un reconocimiento como escritor y poeta aunque nunca se había dedicado a la producción de una novela como un nuevo reto para desarrollar todas las características habituales de la literatura.
Pues bien, ahora nuestro querido amigo y poeta ha conseguido crear una novela que consagra la creatividad completa de los géneros literarios más difíciles y arriesgados como son precisamente las obras extensas.
Ha sido con su jubilación con la que Vicente Barberá Albalat ha podido disfrutar de un tiempo entregado plenamente a la literatura y así, desde la fecha del 2006, completar todos los géneros literarios con una novela.
El libro escrito por Vicente Barberá Albalat es, como cabe esperar de un buen poeta, de una exquisita prosa resultado de muchas lecturas y experiencias literarias, que concurren todas ellas en demostrar que su creatividad no tiene límites y puede dedicarse a cualquier género literario bien perpetrado en su gran conocimiento de la vida y en la multitud de trabajos y de viajes que completan una obra extensa y valiosa en cada uno de los géneros en que ha publicado.
El libro de Lucas Luna pasa, por eso, por varios ingredientes que lo enriquecen. En primer lugar una vida bohemia, de persona que ha conseguido no solo inspirarse en una alta cultura sino también en una enorme experiencia vital.
Tal vez por eso el libro es en buena parte un libro de memorias donde se habla de antiguos viajes como ocurre en París en 1956. Ahí se habla de la ciudad y de asuntos relacionados con la historia de Francia, como la existencia del Frente de Liberación Nacional y de la crisis francesa que llevó al poder al general Charles de Gaulle.
Otro de los ingredientes del libro está relacionado con su propia vida y con sus amigos por lo que transcurre parte de la obra en Valencia que, como es natural, conoce perfectamente y deja algunos indicios de una vida juvenil vivida como una gran experiencia.
La creatividad de algunos espacios como los lugares que conoció en Valencia da lugar a una nota muy deseable en todas las novelas, que es el uso del humor. Las personas inteligentes saben tomarse con humor incluso las experiencias más duras, como pasar por un calabozo o discutir duramente en un matrimonio. Los libros que mantienen el humor consiguen que los lectores no solo lean las páginas en las que uno puede reírse, sino que se sienten impulsados a leer más para poder encontrar otros momentos divertidos que se auguran a través de la lectura. A veces esa lectura nos lleva incluso a citar a grandes poetas como es el caso de Antonio Machado, del que se toman algunas frases divertidas como el breve poema:
¿Tu verdad? No, la Verdad,
y ven conmigo a buscarla.
La tuya guárdatela.
Todos sabemos que la filosofía viene de los clásicos y por eso es tan aconsejable leer a Sócrates o a Nerón, que hizo de la vida un permanente juego con la muerte.
           De esas experiencias saca Vicente otras antiguas memorias de la guerra española que coincide con la parte inicial de su niñez y que, motivo de conversaciones familiares, propone superar las dificultades de la vida a través una vez más del humor, que ya en su juventud se convirtió en afición a la música incluidos los tangos argentinos a los que también dedica algunas frases memorables.
           Pero la experiencia española no hubiera sido nunca suficiente para la creación de este libro. Se añade a él una segunda parte llena de viajes de mucha variedad y que crean un conjunto cultural envidiable para todos los que queremos viajar, y así en 1996 se marcha a Tokio y nos habla de algunos elementos tópicos como el ataque de Pearl Harbour por parte de los americanos que dio lugar a crímenes horrendos como las bombas atómicas utilizadas contra los japoneses.
           Pero fuera de esas trágicas situaciones, hay un Tokio claramente divertido, lleno de noches espléndidas y que si se tiene dinero (la ciudad es muy cara) se puede disfrutar de una vida placentera. Registra también Vicente Barberá Albalat elementos habituales en Tokio como los frecuentes problemas de terremotos que han sido una desdicha para un país tan asombrosamente trabajador y esforzado para lograr el bienestar.
En el viaje de memorias de Vicente Barberá Albalat hay lugares excéntricos, poco habituales como Nepal o el Tíbet que son causa de una búsqueda de conocimientos sobre culturas orientales, aunque en varias de ellas hayan dejado huellas muy palpables las culturas europeas como ocurre con la India, tan empapada de actividades inglesas durante el largo patrimonio del que hicieron uso los ingleses en el país de Gandhi, otro de los grandes mitos literarios.
Pero Barberá, deseando tener una India hindú llega hasta el Ganghes, lugar muy apreciado por los hindúes que lavan en este río sus pecados y sus errores, mediante la inmersión en las aguas del río. Y no contento con ello viaja a lugares hermosos como son Benarés y Khajuraho en donde la cultura hindú es determinante, pues forma parte ya no solo de la tradición sino de la importante rebelión producida por Gandhi que liberó a la India de los ingleses para que fuese nuevamente el extraordinario país que es en la actualidad.
Como vemos, Vicente Barberá Albalat tiene experiencia no solo de una cultura occidental sino con el conocimiento de lugares como los monasterios budistas de Drepung y Lhasa. Acudir a esos lugares es una manifestación de valentía porque algunos lugares sí son visitados por turistas como ocurre con Katmandú, pero otros no. Y finalmente, la multiplicidad religiosa de la India es muy difícil de conocer en simples viajes de pocos días, ya que la India es un país de sorpresas en el que además de diversas religiones, las múltiples razas y los contactos con otros países colindantes hacen que la India sea un país en donde conviven la más tremenda de las pobrezas junto a la existencia de increíbles palacios repartidos por las distintas ciudades más importantes.
Y, finalmente, tiene también unas palabras Vicente Barberá sobre México, lugar también controvertido, pero francamente asequible para los españoles que hablamos su lengua y que podemos, gracias a ello, aprender con mucha facilidad los elementos culturales de la vida social y el maravilloso legado histórico que tienen ciudades como Guanajuato, Veracruz, Cuernavaca y la propia e interminable ciudad de México, cuya plaza central es posiblemente la más grande del mundo y que tiene recuerdos españoles, como la Catedral y el Palacio.
Barberá también entra al territorio de la intimidad, de las pasiones amorosas, el de la pluralidad de filosofías, el de la búsqueda del riesgo como una forma de desafío a la aburrida vida cotidiana. Todos estos instrumentos elementales para recordar el pasado y necesarios para hacer una novela interesante, son los que me hacen comentar que Lucas Luna no solo es una novela sino una novela de novelas, todas ellas escondidas en los diversos capítulos y que nos invitan a un conocimiento mejor del mundo, no solo el interno sino también el externo y, por eso, creo que el libro debe leerse con mucho cuidado y profundidad.
Yo lo definiría como una “conjunción de experiencias” interesantes, hermosas, divertidas y, en ocasiones, dramáticas, con lo cual esta novela no es solo un libro sino una búsqueda de una filosofía en la que se declaran las ideas múltiples de su autor y las experiencias que han llevado a cabo a través de esta visión del mundo que aunque es, el mundo de hoy, tiene la ambición de declararnos el camino del futuro.

Pedro J. de la Peña

miércoles, 13 de noviembre de 2019

"LUCAS LUNA" MAÑANA EN LIBRERÍA ARGOT DE CASTELLÓN. PRESENTAN: ROSA MARÍA VILARROIG, JOSÉ MARÍA CANÓS Y JUAN LUIS BEDINS




(...)

El sonido duraba como unos diez segundos y luego desaparecía. Aquella noche lo escuchamos dos veces, pero mi abuela decía que, en ocasiones, no la dejaba dormir. Lo cierto es que yo no me hubiera quedado allí solo y pensé que debíamos darlo a conocer para pedir ayuda. Así lo hicimos, pese a su resistencia, y el fin de semana siguiente dejamos la puerta de la calle abierta y el cura, Juan y yo subimos al cuarto para ver si, de nuevo, se oía el toc-toc. La escalera de acceso y la planta baja estaban llenas de gente esperando el acontecimiento. Y aquella noche pasó algo muy extraño: nadie oyó nada excepto yo. Cuando desperté al señor cura, que venía preparado con el hisopo para bendecir el lugar por si el ruido era debido a algún demonio, ya no se escuchaba. Así que el parte oficial fue que no pasó nada. Eran elucubraciones mías y de mi abuela. Más valdría que dejáramos de alarmar a la gente.

(...)

martes, 12 de noviembre de 2019

"LUCAS LUNA", DE VICENTE BARBERÁ ALBALAT


LUCAS LUNA:

(...)

La Biblia dice que la castidad y la pureza del corazón tienen un lugar muy importante en la vida del cristiano. Así, «Dios expulsó al hombre y puso delante del Jardín del Edén un querubín que blandía flamante espada para guardar el camino del árbol de la vida». Antes de probar la fruta del Árbol del Bien y del Mal, que no tiene por qué ser una manzana, Adán y Eva iban desnudos, pero al probar la dichosa fruta percibieron por primera vez la impudicia de sus cuerpos, y se taparon con unas hojas de higuera: se dieron cuenta de que dejaron de ser puros y castos. 

(...)

sábado, 9 de noviembre de 2019

ALEJANDRO FONT DE MORA: PRESENTACIÓN DE LA NOVELA "LUCAS LUNA" EN EL ATENEO MERCANTIL DE VALENCIA



PRESENTACIÓN DE LA NOVELA LUCAS LUNA DE VICENTE BARBERÁ ALBALAT. ATENEO MERCANTIL DE VALENCIA. 5 DE NOVIEMBRE DE 2019.

            Decía Borges que “Todo personaje de la literatura es, de alguna manera el literato que lo ideó”. A primera vista esta afirmación puede parecer peregrina porque, por ejemplo, ¿cómo identificar al funcionario de recaudación de tributos que fue Cervantes, con el soñador iluminado y quimérico Alonso Quijano? ¿O qué tiene que ver la monótona vida del oficinista Kafka con la angustiosa peripecia de su personaje Gregorio Samsa, transformado en monstruoso insecto en Metamorfosis? He dicho a primera vista, porque, si lo pensamos bien, podemos intuir en ambos ejemplos la proyección del pensamiento íntimo de los dos autores traducido en una crítica a las sociedades en que vivieron, capaces de alienar tanto a don Quijote como a Samsa, convirtiéndolos en personajes estrafalarios o monstruosos respectivamente. A esta forma de identificación subrepticia entre el autor y la obra se refería Borges al decir que se producía “de alguna manera”.
            Otras veces, sin embargo, la identificación autor-obra es más diáfana: pensemos, sin ir más lejos, en el citado autor argentino que se hace a sí mismo narrador y coprotagonista de su célebre cuento El Aleph, el cual no es otra cosa que una parábola sobre el conocimiento total, aspiración que el ilustrado y erudito Borges mantuvo siempre, su afán —que es por otra parte el de todo ser humano— de superar las limitaciones y “saber”; pero “saber” con mayúsculas: la vieja y utópica pulsión hacia el saber universal.(¿Recuerdan ustedes aquello de la “Enciclopedia universal tal o cual”?). Al respecto, es significativa la cita con que Borges introduce su narración; es de Shakespeare —de Hamlet en concreto— y dice: “¡Oh Dios!, yo podría estar confinado en una cáscara de nuez y considerarme rey del espacio infinito”
            Esta digresión que ustedes sabrán perdonarme, sirve para adelantarles que, a mi modo de ver, en la novela que hoy presentamos, “Lucas Luna”, éste parece ser trasunto de su autor, Vicente Barberá Albalat: una suerte de alter ego. De modo que “Lucas Luna” pertenecería por tanto a ese segundo grupo de novelas: aquellas en que el personaje es, en la inmediata apariencia, reflejo del autor. Ello nos impone a priori la necesidad de conocer mejor a éste para poder penetrar con fundamento en los entresijos de esta novela, “Lucas Luna”, que hoy nos ocupa.
Vicente Barberá Albalat nació en Els Ibarsos, Castellón, en 1937. Ha sido inspector de educación y ha ocupado destacados puestos en la administración, como por ejemplo Delegado del gobierno para las trasferencias educativas a Cataluña o Agregado de Educación a la embajada española en Berna. Subrayemos en su biografía dos circunstancias espaciotemporales significativas para el devenir de su obra: que su infancia y adolescencia se desarrollaron en el medio rural castellonense; y que le tocó vivir en las primeras etapas de su vida el oscuro tiempo de la postguerra y la dictadura, con su correlato de privaciones materiales y de una moralidad ciertamente pacata y represora.
Vicente, como saben muchos de ustedes, es un excelente poeta, con dos características que señalan invariablemente quienes han comentado su obra:  ser un poeta tardío y, en segundo lugar, ser un poeta prolífico. Y en efecto lo es: tardío porque su primer libro de poemas es de 2014, y prolífico porque en el corto espacio de 6 años, desde 2014 hasta la actualidad, ha publicado cinco poemarios: De amor y sombras en 2014, Ensayo para un concierto y otros sonetos en 2016 y nada menos que tres obras en 2018 Sonetos impares, Flor en el agua y Después del amor.
En la última de las obras, recientemente presentada —Después del amor—, se aprecian varios rasgos de particular interés para comprender la novela Lucas Luna; así, Vicente desarrolla en el poemario lo que podríamos denominar una “poética del arraigo” en la que la familia y tierra natal son esenciales. En segundo lugar, y simultáneamente, hay un acusado componente cosmopolita, con poemas que se relacionan o se localizan en diversos lugares del mundo: Argentina, México, Uganda, La India, EEUU, etc. Pues bien, todos estos elementos se encuentran también presentes en Lucas Luna, lo que nos permite intuir que se trata de una novela construida sobre, al menos, un soporte autobiográfico. Para quien conoce la obra de Vicente esta impresión se impone apenas comenzada la novela, no solo porque el narrador utiliza la primera persona, sino porque desde el primer capítulo, “2006. Jubilación”, se introduce un elemento claramente relacionado con la biografía del autor: la jubilación de un funcionario de educación. Por añadidura, en el segundo, “1955. A París en autoestop”, aparecen elementos denotativos familiares ya presentes en la obra poética de Vicente, incluyendo la rambla —“el pozo estaba emplazado en el cauce de una rambla”—, rambla que no puede ser otra que la que discurre en la vecindad de Els Ibarsos y que es el escenario de los iniciáticos escarceos amorosos, tan parcos como pueda imaginarse dado que se producen en 1955. Apuntemos como curiosidad en este capítulo un leve apunte de realismo mágico en la peripecia en torno a unos extraños ruidos en casa de su abuela materna.
También en el capítulo titulado “1955. Mi tío Angelino”, se recrean circunstancias familiares, en este caso en el marco de la guerra civil y la inmediata postguerra que, aunque con brevedad, traslucen el dramatismo y la brutalidad de la época —el padre de “Lucas Luna” tiene que huir para no ser fusilado y a su madre le rapan la cabeza por enfrentarse al cura del pueblo. De nuevo aquí —y de nuevo, curiosamente, en relación con el ambiente rural—, en el episodio de “el gallo enorme” vemos reaparecer un retazo de realismo mágico.
Pues bien, tras los viajes a París, asimismo iniciáticos, la novela despliega un importante componente cosmopolita en capítulos como: “1977. Gorongoro”, “1985. Café Tortoni” —el célebre café de la Avenida de Mayo en Buenos Aires, y en el que aparece reflejado también uno de los rasgos del autor: su gusto por el tango—, “1996. Tokio”, “1999. Himalaya”. “2003. Guanajuato”. “2005. Jazz en Melbourne”, “2011. Kaguta”—nombre de un niño ugandés— y “2016. Nueva York”.
Respecto a la estructura de la novela, Arcadio López Casanova y Eduardo Alonso, siguiendo a Roland Barthes, distinguen dos tipos de relatos: los que tienen una construcción argumental trabada, una intriga compuesta por series de sucesos encadenados causalmente; y aquellos otros donde la funcionalidad de las unidades narrativas es más compleja y multifragmentaria. Éste sería el caso de “Lucas Luna”, novela a la que se puede aplicar lo dicho por los mencionados autores y que cito textualmente: “Algunas novelas contemporáneas muestran muy bien una estructura externa compuesta de múltiples fragmentos, que son otras tantas unidades en que se trocea con impresión de autonomía mínima el complejo espacio-temporal-humano de la obra”. Citan como ejemplos, entre otras, las siguientes novelas: La colmena y Oficio de tinieblas cinco, de Camilo José Cela; Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos y Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes. Y podríamos citar, aún mejor, como ejemplo, Rayuela, la novela de Cortázar, que admite diversos itinerarios de lectura, exactamente igual que “Lucas Luna”, debido precisamente a la autonomía de las unidades narrativas (o capítulos) que conforma ambas obras.
En “Lucas Luna”, la autonomía de los fragmentos y secuencias adquiere su sentido en tanto que nos encontramos ante una novela de carácter biográfico (autobiográfico en muchos aspectos como antes se ha señalado), donde el protagonista lo es en toda su plenitud —vemos que incluso la narración se hace en primera persona—, mientras que a los otros personajes —Daniel, Juan, Fernando, Simone o Mabel— el autor les asigna una función meramente coral.
“Lucas Luna” se construye, pues, a modo de friso, tal vez mejor aún: de mosaico, donde los capítulos —autónomos como las teselas— van construyendo una superestructura que nos aproxima a la imagen de la España de la segunda mitad del siglo XX —con excursos narrativos hacia la primera mitad del mismo— y las primeras décadas del XXI. Porque otro hecho a subrayar es el componente costumbrista del relato que a las nuevas generaciones —cuya actitud, por cierto, es en algún momento presentada con escepticismo amable (véase el capítulo “2017. La cita”)— les servirá para conocer circunstancias de una España ya desvanecida en el tiempo. Citaré algunos ejemplos, solo unos pocos, para no ser prolijo.
El primero puede ser la penuria; así en el capítulo “2014. Cumpleaños” nos dice Lucas Luna: “Cuando era niño jugaba con un trozo de ladrillo que circulaba por una carretera que yo mismo dibujaba en la acera de la casa de mi abuela… El trozo de ladrillo era el coche más polifacético del mundo.” También en el capítulo “1963. Mi buen amigo Fernando” se describe en detalle otro aspecto que hoy puede resultar curioso: la participación estival en campos de trabajo, en este caso en las minas de Sabero, en León, que era un modo de que los universitarios de la época encontrasen un ambiente diferente del habitual y nuevas experiencias sin coste económico. En línea costumbrista parecida, el capítulo “2007. Fiesta de la cereza”, se refiere a la peripecia de un joven maestro en un pequeño pueblo, y “1955. A París en autoestop” incide, una vez más, en la represión sexual tan característica de aquella época mojigata: cuando Lucas anuncia a su amigo Juan su intención de viajar a la capital francesa éste le dice: “Ya sé por qué te vas a París… Seguro que vas a enrollarte con alguna parisina”. Queda claro que en 1955 para enrollarse había que ir a París; lo que no es de extrañar considerando que en aquella época los niños venían… ¡De París!
Finalizo. Julio Cortázar, en Rayuela, pone en boca de uno de sus personajes esta sentencia: “Sin lenguaje no hay hombre. Sin historia no hay hombre”. Pues bien, aquí hay lenguaje y hay historia y en consecuencia hay hombre. Un hombre, Lucas Luna, que en el último capítulo nos dice: “Sé de sobra que, a pesar de todo, la vida hay que vivirla. Y es mejor hacerlo de manera positiva”. Y la novela concluye así: “Mañana cuando me levante, decidiré si vale la pena vivir el resto de días que me quedan de vida”. Nunca sabremos lo que decidió Lucas Luna, pero sí sabemos lo que cada mañana decide su autor, Vicente Barberá Albalat, para fortuna de todos quienes le conocemos y para fortuna de la Literatura.
Muchas gracias por su atención.
                                                                                                       Alejandro Font de Mora.