martes, 24 de enero de 2017

JUAN MARÍA CALLES EN POETAS EN EL ATENEO


MENDIGO EN EL HUMO


                                  El poeta es el sacerdote de lo invisible
                                                                     WALLACE STEVENS
                                             

Te has sentado en el centro de la tarde
a escuchar esa luz de oro viejo
que cae lentamente entre los pinos.
Es tiempo de tranvías y hojas secas
exiliadas bajo una misma sombra.
Es el momento exacto del humo y del umbral,
el aroma secreto en la hora oscura
del sueño y la memoria;
pero nada es igual y tú lo sabes,
ni la torre que se hunde,
ni el niño que muere en brazos de un adolescente rumoroso.

Hay un hombre pintado en el paisaje.
En sus hombros azules
también la luna traza columnas de ceniza,
trajes de humo e isla solitaria.
De su ojo decrépito y desnudo
penden clavos y espigas luminosas
mientras él canta y canta nuevamente.

Ahora regresa a casa desde lejos,
como si un río mudo vomitase veneno en los roperos de cobre del olvido,
como si la lentitud violácea del andamio maltrecho que es su historia, fuera ese cuerpo que invoca el invierno que allí fuimos, y que decimos con palabras torpes.
Esta es la noticia de ese miedo.
Muere despacio y nadie le acompaña.
Canta y canta desde un mundo redondo.
Su murmullo es un mar lleno de hojas que atraviesa el bosque con vocación de savia y de semilla.

Crece el otoño con su hojarasca,
sus heridas, sus cantos, sus lamentos.
Hacia donde camina no hay caminos.
El jardín está mudo. Silba el viento
la armonía del mundo entre los sauces.
Las palabras, la lumbre y la memoria,
la caverna donde arden las figuras,
todo pasa debajo de los astros
y se vuelve ceniza cuando tocas:

Buenas tardes, mendigo de mi alma,
seas siempre bendito entre estos muros
donde la luz anida transitoria.
Eres buena noticia y eres dicha.
Eres el viento amigo y el otoño.
Dices la sencillez y el aire del camino,
dices el viento puro de la carne.
Eres ángel sin casa y sin nadie
que canta y canta su temblor eterno.
Eres templo sereno de la vida.
Bienvenido a tu casa, vuelve siempre
a tiempo y a destiempo, misterioso.
Que tu silencio prenda suavemente
mis ojos en tu gran paisaje blanco.
Que tus manos penetren en las mías
con ese tacto húmedo y salvaje.
Que tu mirada azul me inunde toda,
que ahogue mi silencioso corazón.
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