jueves, 16 de marzo de 2017

RICARDO CARO

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 Curioso libro de mi buen amigo Francisco Caro al que tuve el gusto de conocer hace casi un año con motivo de un encuentro de poetas españoles en el Monasterio del Santo Espíritu de Gilet (Valencia). Entonces me dedicó Cuerpo, casa partida, ganador del premio LEONOR de 2013. En esta ocasión me dedica Locus Poetarum. Si el primer libro es una maravilla, este es un derroche de creatividad que llama poderosamente la atención por su tema, a veces confuso, y por su originalidad. Se trata de un aprendiz de poeta que recibe clases en la “Academia” de un “Maestro” que, según Francisco, vive, vivió en un piso madrileño de Atocha. El curso duró menos de un año (del 13 de septiembre hasta  junio). Así enfermó de fiebre, herido profundamente por la palabra, de la que todavía arrastra las secuelas.
            Tremendo libro que se pasea por el jardín inmenso de la palabra con ese amor que enferma a sus amantes. Durante la lectura del libro, que hice en un día mientras acudí a dos consultas médicas –todos sabéis que a veces las esperas pueden ser interminables-, pude disfrutar no sólo de su riqueza expresiva y léxica, suprimiendo los signo de puntuación en algunos poemas y citando a muchos poetas, lo que sirve para despertar nuestra memoria, sino que, además, pude gozar de la música, del continuado ritmo que permite leer sin ganas de terminar la lectura.
            Subrayé numerosos versos y estrofas. Transcribo estas dos:

(…)
no hallarás  su lugar, su territorio, (se refiere a la sencillez)
hasta que escribas solo,
vacío de ambición y para nadie,
como si hubieras muerto.

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SÓLO el poema puede
penetrar,
bisturí, la verdad
y no romperla
(...)

            La enhorabuena, amigo. Seguiré disfrutando con nuevas lecturas seguro de encontrar en cada una de ellas nuevos motivos de admiración.


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El cazador

A Lucía Comba

Hay un blanco animal,
larga la crin, que cruza
alguna vez delante
de tu refugio,
sin temor a amenazas
ni a lo oscuro del bosque

y estás tú,
el cazador, tan solo como
salvaje y libre
parece el animal al que pretendes
cercar sin daño, someter

piensas
que para hacerlo tuyo,
para apresarlo debes
servirte de la trampa del poema

(el poema es la red
si el poema es exacta geometría)

y la construyes
sagaz, con cien astucias,
porque tú has decidido 
capturar,
poseerlo, custodiado entre rejas

entre versos  
al animal rebelde,
al vagabundo andar del unicornio
al que los dioses llaman Poesía.